¿CUÁL ES LA MISIÓN DEL GUÍA CRISTIANO?
Equipo SantaCreu

Ser guía cristiano no es únicamente una profesión; es, ante todo, una misión. Muchos guías que se presentan como “neutrales” han caído en el riesgo de convertirse en meras enciclopedias de datos, carentes de transmisión de vida. Se vuelven guías mudos, o peor aún, absorbidos inconscientemente por la narrativa oficial que muchas veces distorsiona la verdad.
El guía tiene una misión casi espiritual, pues tiene la obligación de conectar el alma de la ciudad con el corazón del visitante. Esto se consigue mediante la observación atenta y comunicación efectiva de la realidad completa de las cosas. Más allá de lo anecdótico y superficial de la materia, la piedra debe ser escuchada, pues habla y fue creada para ocupar un espacio concreto en el tiempo que vivió y en la mente del que la creó.
El guía debe ser también historiador, pues todo se debe a la historia, que es el escenario en el que Dios dispone y donde es posible contemplar la belleza de su amor. El guía debe poseer no solo conocimiento, sino también la sabiduría necesaria para entender y situar en su contexto la historia. Frente al patrimonio material e inmaterial de una ciudad cristiana, y ante la consiguiente necesidad de traducir la belleza en palabras, el guía dispone de diversos recursos de gran valor. Entre ellos, el más relevante es la Sagrada Escritura, pues, desde una perspectiva estrictamente histórica, sus textos inspiraron o sirvieron de justificación para la edificación de buena parte de la realidad material y simbólica que hoy se contempla y se desea transmitir.
La vida se halla en la interpretación de la historia a la luz de Dios, tal como propone la Escritura. Frente a ello, la misión del mal, a través de determinados “guías” y narrativas, consiste en envenenar la historia y el arte —nuestra historia y nuestro arte—. Al distorsionar el conocimiento de nuestros orígenes y de nuestra identidad, se intoxica la mente de quien escucha y, de modo aún más grave, la de quien explica; el alma queda entonces sin vida, al verse privada de la verdad de la que procede y de la que se alimenta. Este proceso se manifiesta de manera reiterada en la escuela y en la universidad, en los medios de comunicación y en la formación de una opinión pública que, al impregnar nuestras mentes y orientar nuestras vidas, termina por corromper nuestra relación con el pasado y con nosotros mismos.
Quizá nos hayamos acostumbrado al ruido del mundo, que en su velocidad no da cabida a la serenidad necesaria para la contemplación profunda de las cosas. En ese sentido, el guía ha sabido observar aquello que no aparece a simple vista
La misión del guía cristiano no consiste en ser “aséptico” ni meramente “académico”. Como señalaba San Gregorio Magno, el arte cristiano es la Biblia de los pobres; nació para evangelizar. Permanecer mudo o distante ante el arte y la historia es, en efecto, una traición a nuestra misión. El arte y la historia existen para hacer visible la acción de Dios en favor del ser humano y, a través de ello, dar gloria a Dios. Cuando el veneno de la indiferencia nos ciega ante su amor, el mundo se convierte en un lugar hostil, y nuestra sensibilidad se apaga.
Ser guía cristiano implica tocar el corazón de las personas. Nuestra labor consiste en ayudar a los turistas y visitantes a escuchar y contemplar el amor de Dios, encarnado y visible en los vestigios del arte y de la historia, siempre apoyándonos en la belleza y en los conocimientos académicos e históricos. Actuar de manera meramente aséptica traiciona, ante todo, al oyente, traiciona a Dios, fuente de la vida y de la belleza, y finalmente, traiciona nuestra propia vocación.
La misión del guía cristiano es, por tanto, transmitir vida, abrir los ojos de las personas a la belleza de la existencia y, sobre todo, dar gloria a Dios.
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