¿Cuándo nació España? Lo que Roma nos enseña sobre nuestro propio origen

Equipo SantaCreu

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Hace un tiempo me hice una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿cuándo nació mi país? Fui el primer sorprendido cuando, buscando la respuesta, descubrí que el origen de España es muchísimo más antiguo de lo que nos han hecho creer. Este texto no pretende cerrar el debate de una vez por todas —la Historia rara vez lo permite—, sino compartir el camino que yo mismo he ido recorriendo.

Un mosaico sin nombre

Antes de que llegaran los romanos, la Península Ibérica no era, ni de lejos, un territorio homogéneo. Era, más bien, un mosaico de pueblos que apenas tenían nada en común: los íberos, con su propia lengua y escritura, en el este y el sur; los celtas, de raíz muy distinta, en el centro, el norte y el oeste; los celtíberos, mezcla de ambos, en las zonas de contacto; los tartesios en el suroeste; y los vascones, con una lengua que no se parece a ninguna otra de Europa. A eso hay que sumarle las colonias fenicias y griegas en la costa.

No había una lengua común. Ni una escritura común. Ni una religión compartida. Ni una autoridad capaz de unir siquiera a una parte del territorio. El historiador romano Floro lo resume de una manera que a mí, personalmente, me parece demoledora: escribe que Hispania «quedó sitiada por los romanos antes de que se conociera a sí misma», y que fue la única provincia que tomó conciencia de su propia fuerza después de haber sido vencida. Es decir: ni siquiera existía, como conjunto, en la cabeza de sus propios habitantes.

Y aquí está lo verdaderamente interesante: fue Roma quien cambió eso. No solo trajo caminos y ciudades: nos dio a conocer entre nosotros mismos, y nos dio a conocer al mundo. Como decía Aristóteles, «ser es ser percibido» —y hasta que Roma no puso a Hispania por escrito, con un nombre y un mapa, Hispania no terminaba de existir para la Historia. Roma dió a conocer a Hispania, en su totalidad, al mundo.

El nombre que nos dieron y la patria que construimos

«Hispania» es, casi con toda seguridad, una latinización de un término fenicio — i-spn-ya — cuya raíz aparece documentada desde finales del segundo milenio antes de Cristo en textos ugaríticos. Como el fenicio no tenía vocales, el significado exacto se discute todavía hoy: ¿»tierra de conejos»? ¿»tierra del norte»? ¿»tierra de los forjadores de metales»? No hay consenso cerrado, y conviene decirlo con honestidad.

Lo que sí sabemos es que Cicerón, hablando de los ciudadanos de cualquier municipio del Imperio, escribió que todos ellos tienen en realidad dos patrias: la de nacimiento y la de ciudadanía. Y eso es, exactamente, lo que Roma trae a Hispania: no borra la identidad local de cada pueblo, sino que le añade encima una patria común, un proyecto compartido. Y ese proyecto no se queda en el papel: se hace camino, literalmente, a través de las calzadas que unen por primera vez a tribus que antes se ignoraban o se hacían la guerra entre sí.

«España es solo una expresión geográfica»: el mito que hay que desmontar

Seguro que has escuchado alguna vez que «España es solo una expresión geográfica». Merece la pena decir de dónde sale esa frase: la acuñó Metternich en el Congreso de Viena (1814-1815), y no para hablar de España, sino de Italia. Y conviene recordar que «Hispania» y «España» ni siquiera son dos palabras distintas: son la misma palabra, evolucionando fonéticamente sin interrupción, igual que aqua se convirtió en «agua». El propio fundador de la geografía humana moderna, Paul Vidal de la Blache, lo dejó dicho: «para los antiguos, la idea de país es inseparable de la de sus habitantes».

Pero el argumento más sólido contra este mito no es retórico, sino administrativo: los propios romanos ya trataban a Hispania como una unidad real mucho antes de que nadie hablara de «expresión geográfica».

De simple gentilicio a identidad propia

En origen, «hispano» era solo eso: un gentilicio, como «itálico» o «galo», que indicaba de dónde venía alguien, sin más. Pero ese adjetivo se fue cargando de contenido con el paso de los siglos, hasta convertirse en algo mucho más parecido a una identidad. El poeta Marcial ya distinguía en el siglo I d.C. entre un libro simplemente «hecho en Hispania» y un libro genuinamente «hispano» —con un carácter propio, reconocible—. Y el historiador Veleyo Patérculo, hablando de Cornelio Balbo, subraya que este no era hijo de un ciudadano romano afincado en la provincia, sino hispano de origen puro, y aun así llegó a ser cónsul de Roma.

El testimonio más antiguo de todos es, además, sorprendente: un fragmento del poeta Ennio, de hacia el 195 a.C., en el que un hispano le dice a un romano: «recordad que os hablo como hispano, no como romano». Apenas empezada la conquista, ya existía esa conciencia de ser algo distinto. Y hay un ejemplo todavía más llamativo: en el 212 a.C., unos mercenarios hispanos que se habían apoderado de una ciudad en Sicilia acuñaron su propia moneda con la leyenda HISPANORVM —»de los hispanos»—, en latín, renunciando a sus propios nombres tribales para identificarse, con orgullo, con ese nombre colectivo.

¿Y fue la ciudadanía romana la que creó ese sentimiento? La cronología dice que no: el sentimiento de pertenencia ya está documentado casi cuatro siglos antes de que existiera la ciudadanía plena. Pero eso no quita que los propios emperadores fueran tratando a Hispania, cada vez más, como una unidad real —y aquí es donde los datos administrativos hablan más claro que cualquier discurso.

En el año 74 d.C., el emperador Vespasiano concede el ius Latii —el derecho latino— a toda Hispania como conjunto, en un solo gesto, cuando Hispania ni siquiera era todavía una única circunscripción administrativa. Es un dato que merece pararse a pensar: Roma trata a Hispania como un solo sujeto jurídico antes incluso de que lo fuera del todo sobre el papel. Casi ciento cuarenta años después, en el 212 d.C., es Caracalla —y no Calígula, que reinó siglo y medio antes y no tiene nada que ver con esto— quien, con la Constitutio Antoniniana, concede la ciudadanía romana plena a todos los habitantes libres del Imperio, hispanos incluidos. Y unas décadas más tarde, entre el 284 y el 305, el emperador Dioclesiano reorganiza todo el Imperio en grandes diócesis civiles, y crea la diocesis Hispaniarum como una de las seis grandes unidades en que queda dividido Occidente —junto con Italia, África, las Galias, Britania y Germania—. Es decir: mucho antes de que a nadie se le ocurriera hablar de «naciones» en sentido moderno, la propia administración romana ya reconocía a Hispania como una de las grandes piezas con entidad propia sobre las que se sostenía el mundo occidental.

La romanización: de la aldea fortificada a la ciudad abierta

Todo este proceso tiene un nombre técnico: romanización. Y Roma la lleva a cabo, sobre todo, a través de las ciudades —no solo a través de las legiones—. Roma no se limita a conquistar territorio: construye ciudades donde antes no las había, y esas ciudades son el verdadero motor de todo el proceso civilizatorio. Es ahí, en la ciudad, donde se instala el derecho, donde se administra la justicia, donde se cobran y se gestionan los impuestos, donde se reúne el mercado, donde se practica el culto público. La ciudad no es solo un lugar para vivir: es el instrumento mismo con el que Roma organiza, entiende y transforma el territorio.

Y todo esto puede resumirse en una imagen muy sencilla: el paso del oppidum a la civitas. El poblado ibero, en lo alto de un cerro, de difícil acceso y bien defendido, era literalmente un símbolo de guerra permanente y desconfianza constante: se vivía en alerta, rodeado de enemigos, sin más ley que la del más fuerte. La ciudad romana, en cambio, se instala en llano, junto a los ríos y las vías —ya no necesita esconderse en la altura, porque ya no vive con miedo—. Y ese cambio de ubicación no es un simple detalle urbanístico: es, en el fondo, el triunfo de la paz y del derecho sobre la violencia. La civilización, entendida así, no es otra cosa que eso: el paso de la ley del más fuerte a una ley común que protege por igual a todos los que la cumplen; el paso del miedo constante a la seguridad de vivir bajo un mismo orden compartido. La civitas es, literalmente, la forma que adopta esa paz.

Conviene no idealizar nada de esto: la conquista romana fue brutal, duró casi dos siglos, y trajo consigo sujeción política y extracción de tributos. Pero también es verdad que Roma no impuso el abandono de lenguas ni de religiones locales —muchas lenguas prerromanas convivieron con el latín durante generaciones—. Lo que exigía era reconocimiento de su autoridad y de sus impuestos. Roma jamás necesitó vencer para convencer de que su modelo de civilización y de Estado era, a todas luces, superior al resto.

Para cerrar

Quiero terminar con las palabras exactas de Isidoro de Sevilla, escritas siglos después de todo este proceso, en el prólogo de su Historia de los godos: « Eres, oh España, sacra y siempre venturosa, madre de príncipes y de pueblos «. Es, para mí, el punto de llegada perfecto de esta historia: un territorio que empezó siendo un mosaico sin nombre ni vínculo entre sus partes terminó, gracias a Roma, convertido en algo que se sentía —y se sigue sintiendo— una unidad, y hasta una madre.

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