EL ASOMBRO: DE CONSTANTINOPLA A BARCELONA

Maria Morer Fradera

EL ASOMBRO: DE CONSTANTINOPLA A BARCELONAEL ASOMBRO: DE CONSTANTINOPLA A BARCELONA

Recoge la tradición una hermosa leyenda que narra el origen de la Iglesia en Rusia. Cuenta que el príncipe Vladimir de Kiev llevaba tiempo buscando para su pueblo la fe verdadera, y asegurar así la salvación del mismo. Decidido a resolver el asunto, llamó a los hombres más sabios del reino para encargarles la misión de ir a conocer las religiones del mundo y valorar cuál era la mejor y la auténtica.

Resueltos a buscar una respuesta, fueron enviados a diferentes ciudades para conocer el islam, el judaísmo y el cristianismo. Para la fe cristiana, se dirigieron a Constantinopla con la esperanza de poder reunirse con obispos y grandes teólogos con quienes discutir sobre tan noble asunto, sin embargo, fueron invitados a celebrar la eucaristía en la iglesia de Santa Sofía.

Al volver a su país, fueron convocados de nuevo por el príncipe, que quería escuchar las diferentes conclusiones de sus sabios. Llegado el turno de los que regresaban de Constantinopla solo pudieron decir: “estuvimos junto a los griegos y fuimos llevados allí donde celebran la liturgia para su Dios… no sabemos si estuvimos en el cielo o en la tierra… hemos experimentado que allí habita Dios entre los hombres”.

¿Qué debió de suceder en esa Misa? Responde el mismo Ratzinger:

“Lo que convenció de la verdad de la fe, […] a los enviados del príncipe ruso no fue una especie de argumentación misionera, cuyas motivaciones les habrían parecido más iluminadoras que las de otras religiones. Lo que les impresionó fue más bien el misterio como tal, que, yendo más allá de la discusión, hizo brillar para la razón la potencia de la verdad.”

En la Barcelona del 2026 sucede algo parecido cada vez que alguien se acerca a la basílica de la Sagrada Familia, se podría decir que se respira en el ambiente un no sé qué que va más allá de lo que se ve, más allá de la belleza de la obra de Gaudí, de su luz, de sus colores…

Tal vez ese no sé qué sea que Dios mismo está entre los hombres, que sea la misma experiencia que vivieron esos sabios tantos siglos atrás, y que, sin duda, el genio de Gaudí supo expresarlo de una forma única.

El 7 de noviembre del 2010 vino Benedicto XVI a consagrar la basílica y el altar. En la homilía lo resumía perfectamente:

“En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.”

Tal vez sea eso lo que asombre de la basílica, tal vez sea el no saber si se está en el Cielo o en la tierra, entre hombres o ante Dios lo que despierte en los corazones de millones de visitantes una sed de eternidad. De lo que no tenemos dudas es que Gaudí sabía muy bien qué estaba haciendo cuando diseñaba la iglesia, que tenía muy presente la función del edificio y que, evidentemente, conocía muy bien la liturgia y sus necesidades.

Maria Morer Fradera

@com10mana

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