GAUDÍ: DISCÍPULO, MÍSTICO, PROFETA.
Francesc Xavier Vila Morera




Antoni Gaudí: vida y fe indisociables.
La Iglesia católica ha proclamado a Gaudí “venerable” y estudia su causa de beatificación. La belleza de la Sagrada Familia y de sus otras obras, la fe de la que son reflejo, muestran la innegable grandeza de su alma.
Se ha especulado mucho sobre la fe o la falta de fe de Gaudí, a veces de manera extravagante, atribuyéndole convicciones gnósticas, esotéricas e incluso una pertenencia a la masonería. No existe ningún documento, ni el más mínimo, que avale estas especulaciones. También se ha escrito mucho sobre Gaudí, sobre su vida, su arquitectura, su cultura, la simbología de la que se sirvió, dándoles interpretaciones múltiples, pero olvidando casi siempre el documento o acontecimiento histórico original más decisivo de su vida y de su obra: su bautismo.
Desde su infancia hasta su muerte, esta fe podría definirse como una fe viva y creciente, que pasó de una práctica familiar y popular a una convicción íntima pronto inseparable de su vida y de su obra. Sus ambiciones por abrirse camino como arquitecto en la alta sociedad barcelonesa en su etapa de juventud, y sus relaciones en un amplio abanico de círculos culturales, han llevado a algunos a cuestionar la santidad de Gaudí. El “dandi” preocupado por su apariencia se convertirá, sin embargo, poco a poco en un místico y en un profeta. «Su fe iba creciendo en la medida en que crecían en altura las torres de la Sagrada Familia», dijeron de él sus discípulos. De hecho, a medida que se consagraba a las obras de su basílica, a partir de 1883, su fe fue iluminada por los numerosos intercambios con sus amigos, mecenas y religiosos — Bocabella, Güell, Manyanet, Martorell, Verdaguer, Ossó, los artistas del Cercle Artístic de Sant Lluc –, y sobre todo con sus mentores, los obispos Grau y Torres i Bages, entre otros. Todos ellos le abrieron a la inteligencia de la fe, y a una práctica asidua, cotidiana y vital de los sacramentos. Tras la muerte de su padre y de algunos amigos, y sobre todo tras su extremo ayuno de la cuaresma de 1894, Gaudí se volvió más interior, más asceta, más místico, y su fe se intensificó hasta impregnar toda su alma y su creación artística.
Sin lugar a dudas, Gaudí tuvo que afrontar «el duro combate de la fe». Luchó contra su mal carácter, que él mismo reconoce como su caballo de batalla; resulta, sorprendente que, en la etapa de madurez, muchos le recuerden, sin embargo, por su gran ternura y cercanía. Tuvo que luchar igualmente contra la vanagloria que acometía al prestigioso arquitecto en que se había convertido — esta batalla era probablemente el substrato del extremo ayuno de la cuaresma de 1894 –, así como contra la incomprensión y las envidias de quienes despreciaban su obra «revolucionaria», y finalmente también contra la tentación de las falsas soluciones a la injusticia social de la Barcelona contemporánea.
Como buen discípulo de Cristo, Gaudí abrazó el sufrimiento con valentía. Éste le acompañó desde los comienzos de su vida: de salud muy frágil, sufrió desde joven reumatismo, lo que le abrió a la contemplación de la naturaleza; sufrió la muerte prematura de sus seres queridos; sufrió en el ascetismo voluntario del famoso ayuno de la cuaresma de 1894; sufrió la precariedad económica, llegando incluso a mendigar, sufrió la enfermedad y la fiebre de Malta en 1911, redactando incluso un testamento; sufrió, por último, su accidente, su agonía y su muerte.
La cruz con la que culmina sus obras cumbre, no es un mero objeto decorativo o cultural, fue para él una realidad existencial. Su actitud frente al sufrimiento, no fue la mera pasividad estoica, ni tampoco de rebeldía revolucionaria, sino de ascesis contemplativa, una llamada a la trascendencia, una herida profundamente mística. Todo su sufrimiento engendró en él una visión del dolor, vivido no como un castigo, sino como una vía de purificación y crecimiento espiritual.
Atropellado en 1926 por un tranvía, sangrando y postrado en el suelo, el arquitecto más prestigioso de la ciudad fue ignorado y despreciado como un pobre más, entre tantos, en las calles de Barcelona. Al intentar identificarle, solo se encontró el Evangelio en un bolsillo y un rosario en el otro, pero sin ningún documento personal. Llevado como un mendigo al hospital de los pobres, no quiso ser trasladado cuando por fin fue reconocido: eligió vivir y morir entre los pobres. Murió como había vivido — pobre, plenamente confiado en la Providencia, a los pies de san José y de María, dando en todo momento gloria a Dios aun en medio del sufrimiento. Frente a todos estos combates, Gaudí había aprendido a luchar con las armas que le ofreció la Iglesia.
DISCÍPULO de la Palabra.
(La Palabra ESCUCHADA)
La Biblia como inspiración y clave de interpretación
Tres fuentes modelaron su alma y su arquitectura: la Palabra de Dios, la naturaleza y la liturgia. A propósito de la Palabra, los discípulos de Gaudí nos han dejado esta perla interpretativa salida de su boca: «La Palabra es el tiempo, sin ella la arquitectura es arqueología, realidad muerta, sin espíritu.» Con ello se afirmaba que la arquitectura gaudiniana debía interpretarse a la luz de la Palabra, incorporada en una tradición cristiana (la de los Padres de la Iglesia) e histórico-artística (Grecia y Roma), para ser inteligible y llena de vida.
El amor de Gaudí por la Escritura fue influenciado en gran medida por la presencia del Oratorio de San Felipe Neri en su vida. Mn. Torres i Bages, capellán del Cercle Artístic de Sant Lluc, aconsejó a Gaudí que se dejara orientar por un sacerdote y poeta, miembro y prepósito del Oratorio de San Felipe Neri en Barcelona, el P. Lluís Maria de Valls. Durante años, se trasladaba pues cotidianamente a esta iglesia, en el corazón de la Barcelona gótica, para rezar vísperas, confesarse y dejarse guiar espiritual y artísticamente. La sensibilidad oratoriana, que preconizaba evangelizar a través de la música y el arte, y en base a la Biblia, penetró y configuró toda su obra y su alma.
Gaudí compartió con el Oratorio una misma búsqueda del origen de la vida y de la belleza: «Dime, torrente de caridad y de alegría cristiana, ¿dónde está tu fuente? ¿Dónde naces, impetuosa corriente de amor? ¡En el Origen está la Palabra, y la Palabra es el mismo Dios! Es preciso acercarse a Dios, estar con Dios, habitar en la Palabra. Del que bebe de esta fuente que brotan ríos de agua viva.» Esta bella oración atribuida a san Felipe Neri encuentra su eco en el axioma de Gaudí recogido por sus discípulos: «La verdadera originalidad consiste en volver al Origen.». Según pues, la Biblia y el Oratorio, “en el origen está la Palabra”. Gaudí, bebiendo de esta fuente diariamente, será, pues, discípulo fiel de la Palabra, interpretada en el “tiempo” (en la tradición patrística y teológica). Es por ello que, buscar otro “origen” comprensivo de su obra, incluso también de su obra civil de madurez, fuera de la Palabra vendría a ser, según todos los indicios, mera especulación.
Así pues, con frecuencia, al querer subrayar su evidente “originalidad” creativa, se olvida con frecuencia que Gaudí es hijo y heredero de la doble cultura grecolatina y judeocristiana, que salpica toda su obra y su pensamiento recogido por sus discípulos. Así, Gaudí, no fue un meteorito caído de la nada; es, por el contrario, el retoño maduro de un árbol bimilenario con raíces profundas. La Biblia, la Tradición y el legado grecorromano, son la clave que da acceso a una verdadera comprensión de su alma y de su obra.
La naturaleza, creación divina.
La segunda fuente que modeló a Gaudí fue la naturaleza, quizás la fuente más conocida y divulgada, pero también la más malinterpretada, al aislarla del humus vital que le dio vida: la Palabra. «El gran libro siempre abierto y que debemos esforzarnos en leer es el de la naturaleza», afirmaba a sus discípulos. Desde su juventud, su frágil salud le había puesto en la situación de observador tranquilo del mundo circundante. Es así como él reconoce en ella su primera escuela: «La naturaleza es mi maestra.»
Sin embargo, es esencial precisar qué entendía Gaudí por naturaleza. Sus propias palabras lo dicen sin ambigüedad: «Todo procede del gran libro de la naturaleza, que es completado por el gran libro de la Revelación: la Santa Biblia.»; «La Biblia y la naturaleza son dos palabras que salen de la misma boca.» En Gaudí, frente a lo acostumbrado actualmente, no es posible comprender la naturaleza al margen de la Revelación.
Así, la naturaleza es presentada en la Biblia, y así será también en Gaudí, como el lugar de la manifestación de Dios, como una “teofanía”. En el Antiguo Testamento Dios manifiesta su gloria en los montes, ríos, mares, nubes, fuego, etc. Dicha revelación divina en la naturaleza alcanza su plenitud en Cristo. Cada parábola de Cristo que implica elementos de la naturaleza convierte lo cotidiano en una revelación de lo eterno.
Durante siglos, en la tradición cristiana, era habitual, además, hablar de los «dos libros» del conocimiento: la Biblia y la naturaleza, ambas plenamente unidas. Con la Ilustración, este vínculo se rompió: la ciencia se opuso a la fe, la razón a la Revelación, y la naturaleza a la Biblia. Pero esta mentalidad secularizada era absolutamente ajena a Gaudí. A contracorriente del pensamiento dominante de entonces y de ahora, Gaudí recuperó la larga tradición cristiana que integra las dos fuentes, como atestiguan estas palabras recogidas por Isidre Puig Boada: «Hay dos revelaciones: la una… la religión, y la otra… el gran libro de la naturaleza.» De ahí el anacronismo que supone la interpretación actual de su vida y de su obra, tan generalizada, a partir de un mero ecologismo inmanente sin trascendencia alguna.
Otro factor subraya dicho naturalismo trascendente en Gaudí. La espiritualidad franciscana, revalorizada en la Cataluña del siglo XIX, ejerció igualmente una influencia notable sobre él. De San Antonio de Padua, su patrón, y franciscano universal, tenía una imagen en la entrada de su casa del parque Güell. «La visión de la naturaleza como revelación divina, tan querida por san Francisco, se encuentra en el corazón de su estética», escribe el que fuera director de la Real Cátedra Gaudí en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, Joan Bassegoda i Nonell. Y su biógrafo Gijs van Hensbergen, también profesor de arquitectura, añade: «El arquitecto que había construido palacios terminó viviendo como un mendigo, en una actitud que recuerda al Poverello de Asís.» En sus últimos años, Gaudí dormía, de hecho, en su taller, se vestía con una extrema sencillez y consagraba sus recursos a la Sagrada Familia. La basílica misma puede leerse como la plasmación del espíritu franciscano: sus columnas arborescentes, los animales, las plantas y las formas orgánicas…, el mismo Belén de la fachada del nacimiento, no son mera decoración, sino un homenaje al inventor de los pesebres, y la expresión de la fraternidad universal de las criaturas, en la línea del “Cántico de las criaturas” de san Francisco de Asís.
La liturgia en el corazón de la arquitectura.
Junto a la Palabra y la naturaleza, la liturgia fue la tercera fuente que modeló simultáneamente el alma y la arquitectura de Gaudí. Joan Baptista Grau, obispo de Astorga, le inició en la función catequética y pastoral del arte sacro. Mn. Torres i Bages, futuro obispo de Vic, le transmitió, por su parte, una visión viva de la Iglesia, donde la liturgia constituye el alma del pueblo cristiano. Gaudí asimiló también las ideas del Movimiento litúrgico europeo, a través de “El Año Litúrgico” de Dom Prosper Guéranger, su libro de cabecera, y los aportes del Congreso litúrgico de Montserrat, que proponían una comprensión teológica del tiempo y del espacio sagrado como manifestación de los misterios de Cristo: así, los ejes, los volúmenes, los números y las figuras geométricas, tendrán pues, en Gaudí, un verdadero significado sígnico y, por ende, litúrgico y teológico.
Gaudí no dejó de inspirarse, en sus construcciones, en la interpretación simbólica de los números del mundo clásico y de la geometría sagrada, que impregna también toda la Biblia, y que, reinterpretados por la patrística, construye con todo ello toda una red de símbolos litúrgicos. Así, las dimensiones exactas de la Sagrada Familia son todas múltiplos de números sagrados. El número 7,5 es la clave de bóveda del sistema: representa la unión de lo natural y lo sobrenatural, siendo el 7 el número de la creación, el 8 el de la redención, y el 7,5 su punto de unión. La altura máxima de la basílica, sobre el ábside, es de 75 metros: 7,5 × 10, siendo 10 la imagen del cielo y de la manifestación cósmica del ser de Dios. Esta altura nos invita a alzar la mirada hacia arriba. En lo alto del pórtico de la Natividad, un ciprés corona el conjunto: un árbol de follaje perenne, presente en todos los cementerios cristianos, cuya forma apunta hacia el cielo. Sobre este ciprés se posan 21 palomas, que simbolizan las almas glorificadas en el paraíso. ¿Por qué 21?, porque es el resultado de 7 × 3. El 7 es el número de la creación, el 3 es el número del amor (el de la Trinidad). Las 21 palomas significan que toda la creación está llamada al cielo, a la plenitud del Amor.
Ignorar las raíces cristianas de Gaudí hace su obra incomprensible al espectador. De la misma manera, interpretar sus obras con mentalidad secularizante o meramente ecologista, o incluso gnóstica o cabalística, como ocurre con frecuencia, es desenraizarla de la Revelación (la Escritura y la tradición de la Iglesia), único marco interpretativo querido por Gaudí, y del humus vital que da a su arquitectura, sentido, vida y esplendor. Sin estas referencias cristianas inspiradas en el mundo clásico e interpretadas orgánicamente por los Padres de la Iglesia, o no se ve nada, o solo se ve ficción, donde ciertamente hay una verdadera teología profunda, precisa y coherente.
Se podría creer que la dimensión litúrgica de su obra arquitectónica se limitó a la Sagrada Familia. Pero, en realidad, impregnaba toda su obra, incluida la civil. La tradición paleocristiana y milenaria en torno a las casas de los cristianos como “lugares sagrados”, templos domésticos o Domus Ecclesiae, era un acervo común, más o menos explicito o implícito, de toda la sociedad cristiana durante siglos, también en la época de Gaudí. Su fundamentación bíblica: “…ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo”, se aplicaba a los templos litúrgicos ciertamente, pero también a las casas particulares. Las celebraciones del hogar, vividas dentro del espacio doméstico y ordenadas por el año litúrgico y por la piedad popular, que reunían a las familias en torno a “la llar”, eran ciertamente un lugar de encuentro y de celebración, pero también de culto, de oración y de trasmisión de fe.
Por eso, para Gaudí, la “casa” era mucho más que un mero refugio, un punto de partida y llegada de las fatigas laborales y de los escarceos de ocio, o un punto de encuentro o meramente logístico…, las casas eran, sin duda alguna, un “lugar santo” y un “lugar litúrgico”. Sus altares interiores, su ambiente naturalista al modo de “peristilos” romanos como atrios naturales de las “exedras” y “triclinios” clásicos, donde los primeros cristianos celebraban las primitivas Eucaristías en las casas romanas convertidas entonces en “Domus Ecclesiae”, junto con otros muchos indicios de las casas gaudinianas, así lo atestiguan. Ciertamente esta perspectiva merece un estudio más profundo, pero reducir los edificios civiles construidos por Gaudi a meras lecturas formales o naturalistas, es desconocer a Gaudí y a esta larga tradición milenaria, y es ciertamente también, vaciarlas de su significado más profundo.
Un MÍSTICO singular.
(La Palabra CONTEMPLADA)
La esencia de la vida mística no reside en los fenómenos extraordinarios — levitación, éxtasis, bilocación, estigmas, visiones — que Gaudí ciertamente no tuvo, sino en una experiencia de unión con Dios, una conciencia de su presencia amorosa en la contemplación. Como artista y arquitecto, Gaudí persiguió y buscó la belleza en todo lo que le rodeaba. Según sus propias palabras: «El arte es la manifestación de la belleza, y la belleza es el resplandor de la verdad.»
Según la etimología bíblica y semítica original de belleza: “Bet-El-Zah”, significa textualmente “lugar del resplandor de Dios” o “casa de la Gloria de Dios”. “Cristo está en su casa en la historia” según feliz expresión de Prosper Guéranger, autor de cabecera de Gaudí. Así, la creación, la Palabra, la Liturgia y la historia son “lugares” donde Dios manifiesta su Gloria, y por ello son concreciones multiformes de la belleza divina, ante la cual el hombre queda extasiado: he ahí el secreto de la fascinación que provoca la obra gaudiniana.
La belleza, para Gaudí, no era un mero concepto subjetivo al albur de los criterios de la posmodernidad, ni una realidad puramente estética según los cánones clásicos: era, según su significado original semítico (“volver al origen”), una cualidad divina, objetiva y subjetiva a la vez, donde Dios mostraba su ser transfigurando la realidad, y donde el hombre también era transfigurado y se recogía ante la gloria de Dios. La belleza en el arte y en la arquitectura gaudiniana es misterio y revelación de una verdad que está oculta pero que, a su vez, se expresa en la materia y la trasciende, transfigurándonos a nosotros al contemplarla.
La belleza no era, por tanto, para Gaudí, meramente decorativa, sino fundamentalmente estructural y sígnica. Los «espacios» eran «lugares sagrados»: ciertamente el «Templo» (la Sagrada Familia), pero también la obra civil, las casas domésticas, los jardines y las urbanizaciones. Todo debía ser bello, porque todo muestra la gloria de Dios. La luz sería, sin lugar a dudas, la expresión más lograda de la belleza natural e inmaterial de la divinidad: penetraría los espacios como la gracia divina penetra el alma, llenándolo todo de visibilidad, esplendor y belleza.
Un PROFETA llamado Gaudí.
(La Palabra ANUNCIADA)
El profeta del cielo.
Como los profetas bíblicos, Gaudí se sintió llamado a una misión. Su mensaje, a veces incomprendido por sus contemporáneos, trasciende su época y se convierte en un anuncio atemporal que sigue siendo proféticamente actual, un siglo y medio después. Para él, el trabajo de todo artista cristiano no era puramente decorativo o estético, sino que debía responder a una vocación profética y misionera: «El artista verdadero tiene una misión santa: ser predicador de la belleza eterna.» Y añadía: «primero el amor y después la técnica».
Ya en la antigüedad, el arte había nacido con una finalidad educativa y pedagógica. Con el cristianismo, su significación original se había popularizado y el arte se había convertido en «el Evangelio de los pobres», según bella expresión atribuida a san Gregorio Magno. La Ilustración, con la desamortización de bienes eclesiásticos que le siguieron, usurpó a la Iglesia para uso de las élites el arte y la belleza, vaciando su alma y arrebatándosela a los pobres. Con la Sagrada Familia, «la catedral de los pobres», Gaudí hizo de nuevo justicia a la belleza y a los más necesitados, uniendo de nuevo ambas riquezas.
El primer gran anuncio de su arquitectura es el Cielo. Allí donde la visión secularizada solo ve naturaleza inmanentista o simple ecologismo — expresiones anacrónicas para la época de Gaudí –, se trata, sin embargo, de magníficas expresiones bíblicas del jardín del Edén: las bóvedas de la Sagrada Familia, todos los ejes de la basilica culminan en el cielo, la fachada de la Creación…, pero también el parque Güell, la Casa Batlló y la Pedrera. Para Gaudí, la naturaleza y el hogar familiar, siempre integrados, son expresión del Cielo en la tierra, imagen y profecía del esplendor de la vida humana en su doble dimensión histórica — la familia — y trascendente –el paraíso.
El profeta y “la catedral de los pobres”
La segunda gran proclama de la obra de Gaudí es el amor y la evangelización de los pobres. La visita a la Sagrada Familia de cualquier persona, noble o humilde, no era para el arquitecto una molestia, sino la oportunidad de anunciar la Palabra a través de la «Biblia en piedra». Dejaba el taller o los andamios para explicar la obra, personal y detalladamente. El nuncio apostólico en España, Francesco Ragonesi, en su visita de 1915, llamó a Gaudí «el Dante de la arquitectura» y a su obra «la mayor poesía cristiana en piedra»; sin embargo, lo que más le impresionó fue «su pasión al hablar y su austeridad de vida».
Numerosos testimonios revelan la importancia que Gaudí concedía a las visitas espontáneas de los pobres y de la gente humilde. A unos niños que entraban a jugar entre las piedras del andamio, les mostró la escultura del Niño Jesús en la fachada de la Natividad y les dijo: «Este Niño también jugó en la tierra. Y por eso este templo es vuestro.» Los obreros recordaban que los niños le escuchaban como si fuera un abuelo.
Joan Matamala recoge la siguiente anécdota, en “Antoni Gaudí: mi itinerario con el arquitecto”: a comienzos de la década de 1920, mientras Gaudí explicaba a un grupo de visitantes extranjeros el simbolismo de la fachada de la Natividad, una mujer muy pobre se acercó tímidamente y se apartó para no interrumpir. Uno de los visitantes hizo un gesto de incomodidad ante su presencia. Gaudí lo vio y, sin decir nada, interrumpió su explicación, se acercó a la mujer, le ofreció el brazo con delicadeza y la condujo al centro del taller. Allí, delante de todos, le dijo: «No tenga miedo de entrar. Esta es su casa. Este templo es para quienes sufren y para quienes tienen esperanza.» Y, como si nada hubiera pasado, terminó dirigiéndose a los visitantes: «Los pobres entienden este templo mejor que muchos sabios. Ella ha sufrido. Este templo es para ella.»
Si la Sagrada Familia es conocida como la «catedral de los pobres» es también porque es la plasmación de la Doctrina Social de la Iglesia. Frente a los excesos del capitalismo o a la confrontación violenta del marxismo, que causaron estragos en la época de la revolución industrial coetánea a Gaudí, y haciéndose notar dicha confrontación incluso hasta nuestros días, la Iglesia proponía, por el contrario, la «comunión» social a imagen de la familia de Nazaret y de la familia cristiana, célula base de la sociedad e imagen, a su vez, del Amor Trinitario. El amplio santoral que surgirá de la Cataluña del siglo XIX — muchos de los cuales fueron colaboradores o amigos de Gaudí –, las órdenes de beneficencia que surgieron, creadoras de escuelas gratuitas, hospitales, orfanatos y colonias obreras, así como importantes iniciativas legislativas en favor de los obreros y pobres, como la reducción de la jornada laboral, la jornada de descanso semanal, el seguro de vida obligatorio, el salario femenino remunerado o la prohibición del trabajo infantil, son gloria en gran medida de nuestros santos barceloneses del XIX y una magnífica concreción de la doctrina social de la Iglesia aplicada a las circunstancias históricas del momento.
Gaudí, amigo y muy cercano a muchos de estos santos, influyó y se benefició de esta linfa vital de santidad, construyó también él una escuela para los hijos de los obreros y los pobres de barrio (hoy, patrimonio de la humanidad) y así, el arquitecto más prestigioso de la ciudad, renunció a su casa en el muy selecto Parque Güell para ir a vivir entre los pobres en el obrador de la Sagrada Familia. Arquitecto de «la catedral de los pobres», fue profeta entre los más pobres, mediante su obra y mediante su propia vida.
La familia cristiana como profecía.
El tercer y último gran anuncio de Gaudí es el de la familia como la respuesta más profética y esperanzadora frente a los desafíos de su tiempo y del nuestro. La familia natural y cristiana es la respuesta última y fundante de la sociedad: tal es el mensaje de la Sagrada Familia. Gaudí la describe a la luz de la doctrina social de la Iglesia, como la imagen más lograda del Amor Trinitario encarnado en la historia.
La fachada de la Natividad de la Sagrada Familia es toda ella un auténtico anuncio cósmico de la visión cristiana del mundo, de la vida y de la familia, con sus tres pórticos: el central, dedicado al Hijo, flanqueado por los dos laterales dedicados respectivamente a las figuras paterna y materna.
Con la Pedrera, el Palau Güell, el Parque Güell, la Casa Batlló, sus casas familiares de madurez, se expresa igualmente una poderosa palabra esculpida en piedra que sigue anunciando, como desde lo alto de una atalaya, la urgencia profética de edificar la sociedad sobre la base de la familia, y la necesidad de fundar esa familia en el orden de la naturaleza, de la Palabra de Dios y de la liturgia.
En nuestra sociedad de masas, del individualismo atroz, de soledad generalizada y de descomposición familiar y social, pocas profecías más actuales y necesarias, que el anuncio gozoso de la familia natural y cristiana, que tras más de un siglo después de ser pronuncia y esculpida por Gaudí con su magnífica arquitectura, dicha profecía, se nos muestra y anuncia a todos, aun a día de hoy, como un foco potente de luz y de esperanza.
Gaudí, DISCÍPULO, MÍSTICO y PROFETA, es expresión de la dinámica de conversión y plenitud de toda vida cristiana. Cien años después de la última piedra por él esculpida y colocada, aún hoy, y en medio del hormiguero humano del ágora o areópago de la cosmopolita Barcino actual, Gaudí sigue siendo arquitecto, luz y apóstol, el catalizador de la Belleza eterna que a todos nos muestra y cautiva, y la mejor PALABRA profética que nos acompaña y ayuda en la evangelización de la Barcelona contemporánea, y de los miles de visitantes y peregrinos que nos visitan.
¡Gracias, Gaudí, por tu obra, tu vida y tu fe, el magnífico legado que nos has dejado, y que un siglo después de tu muerte física, aún vive, y sigue anunciando e iluminando, el skyline de nuestra ciudad y el horizonte de nuestras vidas!
Francesc Xavier Vila Morera.
Historiador y misionero.
Graduado y master en historia, arqueología y artes cristianas
en la facultad Antoni Gaudí de Barcelona.
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