¿QUÉ ES EL ARTE?
Maria Morer Fradera


Tras 4 años en la Universidad, estudiando el grado de Historia del Arte, ningún profesor fue capaz de definir el arte. Como mucho, definían qué se entendía por “arte” en tal o cual periodo. Entonces, llegué a la conclusión que estudié la historia de algo misterioso, algo indefinible, algo infinito, quizás. Pero ¿esto es realmente así?
Leyendo las definiciones del diccionario, no salía muy convencida… ¿solamente técnica? ¿solamente estética?
Tras reflexión y estudio, encontré la repuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica, concretamente en el punto 2501: “El hombre, ‘creado a imagen de Dios’, expresa también la verdad de su relación con Dios Creador mediante la belleza de sus obras artísticas. (…) El arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano”.
Esta es la verdad más certera que se puede decir sobre “qué es el arte”. Analicemos la definición por partes.
Empieza hablando del hombre, es decir, el arte es una actividad propia y exclusiva del ser humano. Solamente nosotros somos capaces de la creación artística, porque tenemos una capacidad singular para simbolizar, imaginar, interpretar y transformar la realidad a través de lenguajes sensibles: la pintura, la música, la literatura, la danza… Esta capacidad creativa no responde a necesidades prácticas, sino a un impulso profundo de expresión, reflexión y búsqueda de sentido.
Más aún, únicamente nosotros somos capaces de gozar de esta creatividad: no solamente reaccionamos ante estímulos agradables, sino que reconocemos significados, intenciones, estilos… que nos interpelan emocional e intelectualmente. Así, disfrutamos de lo bello, lo sorprendente, lo sublime… manifestaciones privilegiadas de nuestra humanidad y que revelan cómo pensamos, sentimos o entendemos el mundo, nos pone en diálogo con nosotros y con los otros.
Por eso, detrás de todo arte hay un tipo de hombre, pues, como vemos, es un lenguaje que habla de la persona. Cada obra revela quien la crea: sus inquietudes, sus tensiones, sus valores, sus miedos y esperanzas. Así como la relación con su entorno y contexto. El arte se convierte en un espejo del estado del ser humano y la sociedad a la que pertenece.
A menudo, es el arte el primer indicador de cómo está la sociedad o una generación, revela antes que otras disciplinas humanas los cambios profundos que experimentamos: las rupturas o cambios, la sensibilidad, los temas recurrentes de una época… funcionan como señales que anticipan el rumbo de una comunidad. Fijémonos en estas dos imágenes:
Entre ellas, hay un cambio que va más allá del estilo, de la técnica o de la época: hay una ruptura entre la manera de entender al ser humano y de expresar su presencia en el mundo.
Recuperando la definición del Catecismo, este indica que el arte es una “sobreabundancia gratuita” que “expresa”. Esto es fundamental. La creación artística brota de la plenitud interior: no nace por obligación o funcionalidad, porque el arte no tiene una finalidad utilitaria. El arte es un don que nos ha sido entregado por Dios para enriquecer nuestra experiencia humana, para abrir una ventana más hacia lo bello, lo bueno y lo verdadero.
Su valor reside, precisamente, en ser una expresión libre y generosa del potencial creativo y espiritual del hombre, con capacidad para comunicar lo que sería difícil hacer con palabras, revelar lo invisible o contemplar con profundidad la realidad. Porque lo que expresamos mediante el arte, es “la riqueza interior del ser humano”, un caudal de pasiones, inquietudes, miedos, deseos, esperanzas… Es riqueza porque nos mueve, conmueve e impulsa a buscar sentido. Es, en definitiva, la manifestación de nuestro corazón, el lugar donde lo humano y lo divino se encuentran y dialogan.
El ser humano necesita exteriorizar esta riqueza que sobreabunda en su corazón y lo hace “mediante la belleza de sus obras artísticas”, es decir, cantando, escribiendo, bailando, pintando… Se expresa a través de la belleza y no de otra forma. ¡Qué misterio el de la belleza, atributo de Dios mismo!
¿Por qué lo expresamos así? La belleza es, ante todo, una forma de revelación. No solo nos gusta o conmueve, sino que nos desborda. Es como un destello, una claridad que nos ilumina por un instante quiénes somos y hacia dónde estamos llamados. Sitúa al ser humano ante la verdad. Como diría Benedicto XVI, nos hiere suavemente, y desde esa herida, nos eleva.
La conocida Via pulchritudinis del citado Papa habla precisamente de esto: la belleza no demuestra, sino que muestra, persuade, invita. Habla al corazón antes que la razón: la capacidad para percibir lo bello es la misma que para percibir lo verdadero; sin embargo, hay una preeminencia de lo bello, puesto que es captado por los sentidos de forma más inmediata.
Además, la belleza tiene también un matiz de gratuidad y sobreabundancia: nada en la existencia exige que algo sea bello y, sin embargo, lo es. Esta gratuidad refleja algo del modo en que Dios se comunica: no por necesidad, sino por su amor que desborda. Así, la belleza se entiende como huella del Creador y apunta a una plenitud más grande que nosotros mismos.
Al mismo tiempo, contemplar la belleza nos humaniza. Como hemos dicho, solo nosotros somos capaces de gozar el arte: nos educa la mirada, purifica nuestra sensibilidad, afina nuestro deseo…y nos transforma.
Todo esto -recuperando la definición que nos ocupa-, lo entendemos porque estamos “creados a imagen de Dios”. En Génesis 1: 27 leemos: “Dios creó, pues, al hombre a su imagen, lo creó a la imagen de Dios; creó al hombre y a la mujer”. ¿Qué imagen de Dios se nos revela aquí? La de un Dios creador que crea con belleza. Tras cada acto creativo, la Escritura subraya que “Dios vio que era bueno”, es decir, que se complace en la belleza que ha hecho, en la plenitud que brota de su obra.
Así entendemos que Dios, cuando hace al hombre a su imagen y semejanza, también le da como rasgo distintivo la capacidad para crear. Una aptitud que, como hemos visto, no es meramente funcional, sino expresión de interioridad, de libertad y de sentido. En ella se manifiesta algo profundamente humano y, a la vez, divino: la creatividad como don, como participación en la acción divina y como signo de alianza que Dios establece con el hombre.
Para concluir, puedo afirmar que comprender el arte a la luz de la revelación y la Iglesia nos permite reconocer que no es solamente técnica o estética, sino una dimensión constitutiva de lo humano, signo de la dignidad que Dios ha puesto en nosotros, porque brota de un corazón creado por y para Él. El arte es una respuesta, una afirmación de la vida, un reconocimiento de la verdad y la belleza que sostiene el mundo. O como diría Dante, “del amor que mueve el sol y las demás estrellas”.
Maria Morer Fradera
@com10mana
Descubre nuestras rutas
Ver nuestras rutas
Explora
Nuestras rutas
Blog
Galería
Proyecto
Quiénes somos
Contacto
Síguenos
Instagram @santacreubcn
TikTok @santacreubcn
Idioma
Español
Català
English
© 2026 SantaCreu · Aviso legal · Privacidad · Cookies