¿QUÉ ES LA HISTORIA?

Equipo SantaCreu

LA HISTORIA PERSONAL

Hay conceptos difíciles de definir. Estos son, casualmente, los que más eco tienen dentro nuestro, los que más nos definen. No es fácil responder a la pregunta de quiénes somos sin caer en mencionar nuestra profesión. Bien, mis profesores eran mucho más que profesores, y mi peluquero solo es peluquero de nueve a cinco. Cuando muramos, nuestros allegados, con suerte, nos recordarán como padre, como hermano, como hijo o como amigo. Nadie te recordará (o debería recordarte) como “el peluquero que era mi padre” o “el constructor que era mi amigo”.

Hay conceptos difíciles de definir, igual que hay preguntas que son difíciles de responder. ¿Qué es la historia? Bien, yo nací, crecí y he ido aprendiendo cosas; seguiré aprendiendo, intentaré cumplir ciertos propósitos hasta que muera. Dejaré en este mundo lo físico que construí hasta que caiga y el recuerdo que, tarde o temprano, expirará. Esta es mi historia, grosso modo. Puede ser que no se estudie en los libros de historia del futuro, pero, lo creas o no, se conoce como “hecho histórico” hasta el café que te has tomado esta mañana (por poner un ejemplo suave). Ese café es ya parte de tu historia.

El vaso de plástico que has tirado esta mañana a la papelera se descompondrá algún día. Lo que perdura en realidad es lo metafísico, y todo lo físico es producto de lo metafísico. Las catedrales del Mediterráneo son diferentes a las catedrales bizantinas, por unas herencias diferentes en el pensamiento de sus respectivas sociedades. Tu historia es diferente a la de tu vecino, pero como miembro de una sociedad tienes una historia colectiva que te hermana con él. Habrá un día en el que no quedará nada de lo que contemplamos, pero quizás aún perdure aquella idea que lo edificó.

Como bien narra Petrarca, al primer amor lo vence la virtud y a esta la muerte. Pero hay algo que trasciende la muerte: la fama. Pero cuando la fama se somete al paso del tiempo, también muere. Solo la eternidad es capaz de vencer al tiempo. Aquellas virtudes eternas que mueven y definen a los héroes y a los santos son las que verdaderamente definen la eternidad. Lo eterno es aquello que no muere porque no procede del hombre, que es, por naturaleza, finito y limitado. Pero en nosotros habita un leve reflejo de la divinidad, y por ese reflejo somos capaces de poseer temporalmente virtudes que pertenecen a lo eterno. Estas virtudes son sustancias eternas que revelan nuestra pertenencia (aunque sea incompleta) al misterio de lo eterno. El motor de la historia no ha sido la lucha por el poder ni la sed de riquezas, sino precisamente el hambre de lo eterno, la búsqueda del origen. El motor de la historia ha sido la búsqueda del sentido.

Uno encuentra la paz en un propósito, y el sentido de la vida quizá recaiga en encontrar ese propósito. Cuando alguien se pregunta cuál es su historia, rara vez se responde con velocidad. Más bien diría que dicha respuesta requiere de más preguntas. ¿Qué es la historia?

La historia, según muchos, es el conocimiento de las sociedades pasadas. Hay quien dice que desconocer la historia te condena a repetirla. Nosotros vamos más allá. Consideramos que, en un mundo que obliga “sutilmente” a desarraigarse, a desconectarse, a abandonar (o vender) el alma, difícilmente podemos responder quiénes somos. Porque la historia es identidad. Quien conoce la historia se conoce a sí mismo. Pero… quizá simplemente no haya interés en ello.

ACEPTAR LA HISTORIA

Psicólogos y expertos afirman que no abordar un problema a veces implica multiplicarlo. Qué verdad. ¿Implica esto que debemos resignarnos a aceptar nuestros problemas y seguir caminando cabizbajos? De ninguna de las maneras. Conviene, con el tiempo, ir tratando de encontrar un sentido a ese problema. Pero, desde luego, olvidarse de que existe, vivir de espaldas a él, va a traer malas consecuencias para uno. La historia conviene aceptarla. Quien no ha sabido resolver esos problemas fruto de experiencias de la juventud puede ver, en hechos sutiles (pero diferenciales) de su adultez, la consecuencia de aquel problema pasado no resuelto. Difícil es que quien no ha aprendido a diferenciar una pera de una manzana de pequeño, de mayor pueda gestionar una frutería. Difícil es avanzar arrastrando una experiencia traumática.

LA HISTORIA COLECTIVA

Bien, el concepto de historia es, hasta aquí, más personal de lo que creías. La historia es la manifestación del vínculo entre lo metafísico y lo físico; el proceso por el cual el alma humana, movida por su hambre de eternidad y de sentido, deja huella física en el mundo. En este desarrollo se produce un combate en el interior del hombre, un combate escatológico crucial, una lucha a ultranza que solo puede ganar uno. Es lo que la Escritura revela (Gn 3:15; Mt 12:30; Rm 12:21; Ef 6:11-12; Sant 4:7; 1 Pe 5:8; Ap 12) y lo que la teología cristiana ha desarrollado como la lucha entre lo finito y lo eterno (San Agustín, Santo Tomás…).

La palabra “cultura” viene de “culto”. El germen, pues, de una cultura es un culto, no una lengua ni unas instituciones: eso viene luego. Mi historia colectiva me une a mi vecino, porque ambos somos fruto de la historia personal de nuestros antepasados, que a su vez contribuyeron a esta historia colectiva que hoy configura nuestra realidad.

Lo que te diferencia de un chino o de un árabe es que tu sociedad ha levantado edificios distintos, ha creado un arte diferente y ha cometido errores diferentes. Lo que nos distingue, en el fondo, es nuestra manera particular de ver el mundo.

Lo que llevó a un turco a embarcarse en la flota de Solimán para conquistar el Mediterráneo en 1571 no fue lo mismo que movió a un sevillano a subirse a su nave para defenderlo frente al turco en Lepanto. Estas fricciones entre distintas concepciones del mundo son las que acaban provocando la guerra; esto, y el pecado, en cuya cúspide se halla la codicia.

Quizás el sultán turco deseaba dominar el Mediterráneo para asegurar sus rutas comerciales, y los reyes cristianos pretendían defender las suyas. Pero ni el turco ni el sevillano estaban allí, aguardando al enemigo, pensando en el comercio de sus naciones (de ello poco o nada obtendrían), salvo tal vez el botín que lograran del enemigo. Lo que movía al turco era su cielo: la convicción de que, combatiendo a los infieles, ganaba el paraíso. Lo que movía al sevillano era también su cielo: el heroísmo, la fe, el ideal del caballero cristiano que lucha por lo que considera justo.

Quizás, sin las ideas que impregnan el Cantar de mío Cid o el Tractat de Cavalleria de Ramon Llull, aquel sevillano se habría quedado en casa. Porque, al fin y al cabo, en su Biblia no hay promesa alguna de recompensa por matar al que piensa distinto. Pero su cultura estaba impregnada de unas ideas (metafísico), de un ideal de honor, de valentía y de defensa del débil, que se expresa en su literatura (físico). Lo metafísico siempre se expresa en lo físico, pero no son factores excluyentes ni poseen una jerarquía distinta. Pero solo hay un cielo. ¿Se parecerá más el cielo al del turco o al del sevillano? Lo que sí puedo decir es que ambos se enfrentan porque sus historias están enfrentadas.

Tu enemigo se enfrenta a ti por su historia y por cómo es la tuya. Si ya tienes enemigos que se enfrentan a ti por ella, más te vale, al menos, estar reconciliado con la tuya propia.

Quien conoce la historia, en definitiva, sabe quién es y es, a su vez, menos susceptible de ser llevado por el viento hacia la dirección que convenga al que sopla. Los fenómenos del entorno influyen, en mayor o menor medida, también en nuestra historia personal, porque el ser humano no vive fuera del mundo, sino dentro de él.

Tal vez, si aún no conoces del todo tu historia individual, te convenga conocer primero tu historia colectiva, pues en ella también descubrirás cosas sobre ti mismo que te fascinarán.

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