ROMA, PASADO Y PRESENTE.
Equipo SantaCreu





España, o Hispania, es formalmente lo mismo, pero en edades distintas. Yo tenía el mismo nombre cuando nací: éramos la misma persona que somos hoy, pero con evidentes diferencias ambientales y cognitivas.
Bien, Hispania fue el término que los romanos escogieron más apropiado para esta “tierra de conejos”, tan vasta y fructífera, a la que llegaron en el año 218 a.C., pero que ya conocían perfectamente por los contactos comerciales con antiguas colonias fenicias. Aún llamamos Hispania (España) al territorio que se comprende desde el sur de los Pirineos hasta la Punta de Tarifa, y del cabo de Creus a Finisterre (obviando Portugal, pero que tiene el mismo proceso histórico). No es ya solo un término geográfico, como lo fue durante años, sino que hoy es un país perfectamente delimitado, con personas perfectamente identificadas con unas lenguas, unas instituciones y una cultura.
Eso no era una tierra deshabitada cuando llegaron los romanos; más bien al contrario: les costó dos siglos someter a los 4 millones de personas que aproximadamente habitaban Hispania, que se estructuraban en diversas tribus celtas, iberas y celtíberas, en muchos casos enfrentadas.
En ese momento, ese territorio era denominado Iberia por el mundo exterior, término acuñado por los geógrafos griegos. En el momento en que los romanos acabaron de conquistar la península, con las Guerras Cántabras (razón por la cual se fundará la ciudad de Barcino), ya se conocía, por tanto, como Hispania este territorio tan extenso, que dividieron en dos provincias: Citerior y Ulterior (más próxima y más lejana respecto al eje central que era Roma). Pero el litoral mediterráneo, con Tarraco como el rostro mismo del emperador en el Occidente del Imperio, fue el que experimentó un proceso más profundo de romanización por su mirada directa al Mare Nostrum y, por lo tanto, al mundo romano.
Roma, como primer sujeto globalizador del mundo occidental, unificará la antigua y dispersa Iberia en una Hispania que ahora comparte una sola lengua oficial (con presencia de muchas otras y diversas lenguas en el ámbito cotidiano), una autoridad, una fiscalidad y, básicamente, una estructura de Estado, como parte de un Imperio mediterráneo que se convertirá al cristianismo con Constantino en el año 380 d.C. (Edicto de Tesalónica). Esto cambiará radicalmente el escenario. La gran potencia perseguidora y derramadora de sangre cristiana ahora va a cristianizar el mundo conocido, dado su amplio alcance (de Oriente a Occidente). Ahora bien, esto no fue un proceso rápido.
De hecho, desde el siglo I d.C. ya tenemos a san Pablo en Tarraco según las tradiciones orales, con más razones para considerarlas ciertas que falsas. También la ciencia arqueológica ha demostrado que el apóstol san Santiago descansa en Compostela, donde fue trasladado después de su muerte por decapitación (como san Pablo) en el año 44 en Jerusalén. Algún vínculo debería tener con Hispania si sus discípulos lo trasladaron al otro extremo del mundo conocido. Por lo tanto, resulta verosímil considerar que las primeras comunidades cristianas hispánicas nacen ya a las pocas décadas de la muerte de Cristo.
Ahora bien, el régimen de persecución no cesó hasta la permisividad del culto (Edicto de Milán, 313 d.C.) y su oficialidad. Con esta conversión del Imperio, Hispania, que ya contaba con la Tarraconensis como provincia más grande del Imperio, se convierte oficialmente en cristiana también como parte del Imperio.
Entre los siglos I y IV el mundo romano se transforma y pasa del paganismo o politeísmo al monoteísmo cristiano católico, entrando la Iglesia en el juego. La Iglesia en Hispania fue la que recibió las estructuras políticas y de ordenación territorial cuando el Imperio Romano de Occidente cayó.
La población hispánica, llamada hispanorromana, era de confesión católica, pero se vio gobernada por herejes arrianos: los visigodos, que habían heredado también el Imperio, habían recibido la fe y se habían cristianizado, pero a su manera. Ellos tenían el control de la Galia, pero rápidamente la perderán de manos de los francos (batalla de Vouillé, 507), desplazando el centro de gravedad de su territorio a Hispania, la cual ya ocupaban de facto desde el siglo V. Representaron un porcentaje inferior al 3% de la población total de Hispania en ese momento, pero ejercían la autoridad militar, condición que recibieron de manos de los romanos para eliminar suevos, vándalos y alanos, que se habían asentado en diferentes lugares de la península y que eran hostiles a Roma. Por lo tanto, una parte importante de la legitimidad inicial del poder visigodo se construyó sobre el marco romano y el reconocimiento imperial, antes de que, con el tiempo, se articulase también a través de la Iglesia y las instituciones propias del reino.
En este sentido, cabe recalcar que el Imperio Romano de Occidente hacía ya más de un siglo que había caído. Pero Roma había marcado tan profundamente la historia de Occidente que, en realidad, Occidente mismo era Roma: Roma no era solo un estado, sino una manera de ordenar el mundo.
Por eso, viniera quien viniera después, no entraba en un territorio “nuevo”, sino en un espacio ya formado por siglos de romanidad. A Roma, de hecho, no le hacía falta vencer para convencer, porque su poder más duradero no era la fuerza de sus legiones, sino el modelo de Estado. Los nuevos pueblos podían imponerse por las armas, pero para gobernar de verdad tenían que asumir el lenguaje del poder que ya existía: instituciones, derecho, fiscalidad, cultura y religión.
Así, lo que llega después del 476 no es un Occidente postromano o antiromano, sino un Occidente que sigue siendo romano por dentro. Cambian los gobernantes, pero la matriz sigue: quien gobierna Occidente, gobierna con categorías romanas, porque Occidente era Roma.
De forma opuesta a la premisa protestante que vendría siglos después —cuius regio, eius religio—, el rey visigodo Recaredo, que quería gobernar Hispania, se convirtió a la religión de los hispanos (589), que era la católica, para convertirse, a sus ojos, en un líder cercano y legítimo, afín a sus creencias y vinculado a Roma, de donde habían recibido la fe y la civilización y donde ahora estaba el líder de su fe como sucesor del líder de los apóstoles de Cristo, san Pedro, a quien le fue encomendada la misión de llevar la Iglesia.
Esta conversión, junto con la permisibilidad de los matrimonios entre hispanorromanos y visigodos con Leovigildo y la introducción del derecho unitario con el Liber Iudiciorum (Lex Visigothorum) con Chindasvinto y Recesvinto, hizo que, cuando los musulmanes llegaron a la península en el año 711, visigodos e hispanorromanos ya hubieran formado una misma comunidad difícil de separar y distinguir.
Si bien la conquista romana de Hispania tardó dos siglos, la conquista omeya de la península Ibérica durará menos de 10 años. ¿Por qué? Pues, sin obviar las dificultades que atravesaba el reino visigodo de Toledo, el hecho de ser una unidad facilitó las cosas a la conquista musulmana, que se diferenciaba de la romana por el hecho de que no tenían que luchar contra una tribu tras otra, sino que, una vez caída la capital y la dinastía reinante, todo se desmoronó.
Esta es, por tanto, una de las razones para argumentar que la primera unidad política y religiosa en Hispania la tenemos con los visigodos, pero que a la vez establecieron su poder sobre una base plenamente romana, ya que se titulaban como ellos, vestían como ellos, utilizaban la misma fiscalidad (aunque degradada), hablaban el mismo idioma y rezaban al mismo Dios que los romanos. Por lo tanto, si bien la primera Hispania unida en torno a un mismo soberano se dio a partir del siglo VI, Hispania tiene sus raíces plenamente en el mundo romano, que no solo le dio el nombre, sino la civilización.
Hoy, nuestra identidad aún mantiene viva la herencia romana en el idioma, la ley, el pensamiento y, sobre todo, la religión. Esta última será la que estructurará todo el mundo que se abrirá después de la irrupción de un nuevo actor en el mapa geopolítico: el Islam. Estamos hablando del mundo medieval occidental, que ordena la sociedad, el cosmos (el tiempo y el espacio), la moral, la política, el derecho, la cultura y la diplomacia según las Sagradas Escrituras y el dictamen de la Iglesia católica, que tiene el deber de proteger y expandir el mensaje de Cristo que contienen las mismas Escrituras.
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