SANT JORDI, UNA LEYENDA ACTUAL

Equipo SantaCreu

SANT JORDI, UNA LEYENDA ACTUALSANT JORDI, UNA LEYENDA ACTUAL

Las sociedades humanas siempre han necesitado de leyendas como elemento pedagógico, inspirador y enraizador, para trasladar un mensaje tantas veces necesario para asumir, con mayor consciencia, la propia experiencia humana.

Es curioso observar cómo la mayoría de las leyendas son anónimas, como si estas no hubieran surgido del ingenio de un individuo, sino de la tierra misma para ser entregada al pueblo como guía. No por su naturaleza legendaria carecen de veracidad estos relatos, transmitidos de generación en generación; no como relatos históricos exactos —pues esa nunca fue su voluntad—, pues para eso ya están las crónicas. Su propósito es servir como mapas del mundo interior, símbolos vivos que permiten al ser humano conocer la verdad de las cosas, reconocerse y vislumbrar incluso su dimensión escatológica y trascendente.

San Jorge existió. Originario de la provincia romana de Capadocia, actual Turquía, fue uno de tantos soldados en recibir la palma del martirio en tiempos de Diocleciano por negarse a abandonar su fe cristiana. La imagen que nos ha llegado de él ha estado marcada por la evolución de un relato primitivo: la Passio Georgii. Este relato anónimo mereció en el siglo V la etiqueta de apócrifo por el papa Gelasio I, en su Decretum Gelasianum. Con él se entiende que la Iglesia buscaba enseñar la verdad de los acontecimientos y que por ello, una hagiografía anónima de un hombre que fue torturado durante 7 años y que resucitó hasta 3 veces era poco veraz y menos demostrable.

Sería más adelante, en pleno medievo, cuando surgiría la Leyenda Áurea de Santiago de la Vorágine, en la que por primera vez aparece un dragón, una princesa, un rey, un pueblo y un combate a muerte. Este relato mezclaba la hagiografía primitiva (que no mencionaba ningún dragón ni nada parecido), con la historia del mismo Jorge enfrentándose a un dragón que tiranizaba y asesinaba a los habitantes de un pueblo remoto. «¡Bautizaros y creed en Jesucristo y yo mismo mataré a ese dragón!», prometía ese caballero osado. En el nombre de Cristo y bajo el signo de la cruz, ese jinete luchó contra el dragón, derrotándolo y liberando al pueblo y a la princesa que iba a ser devorada.

Claras son las similitudes con el relato apocalíptico de San Miguel y sus ángeles contra el gran dragón rojo: «Entonces hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo» (Ap 12, 7-8).

Este relato refiere precisamente al combate escatológico entre el bien y el mal, pero también nos remite al propio combate que el ser humano libra en su cotidianidad contra las fuerzas del mal, encarnadas en el pecado principalmente. Por ello es que muchas culturas de la historia, sin conexión aparente entre sí, han desarrollado mitos y leyendas que hablan de una fiera vencida por un héroe. A esto precisamente llamó Joseph Campbell, estudioso de la leyenda y el mito, el camino del héroe. Las leyendas suponen el documento histórico más antiguo del que disponemos. Me atrevería a decir que no han perdurado hasta nuestros días de forma arbitraria, sino porque responden a necesidades espirituales de ayer y de hoy. Las leyendas, de modo semejante a las religiones, hablan de la relación del hombre con el Cosmos y con la Divinidad.

Si atendemos al momento en el que fue escrito el libro del Apocalipsis, sabemos que el gran dragón rojo representa el Imperio Romano devorador y perseguidor al que los primeros cristianos estaban sometidos. Encarnaba, por tanto, el paganismo e iría adquiriendo distintas significaciones a lo largo de los siglos.

La relación entre la Leyenda Áurea de San Jorge y la Pascua es, también, notoria. Si la lucha de San Jorge frente al dragón representa la victoria del bien sobre el mal, de la luz frente a la oscuridad, es, a fin de cuentas, en su grado sumo: la victoria de Cristo sobre la muerte en la cruz. No por menos la cruz de San Jorge es conocida como la bandera de la resurrección, representándose tantas veces al Cristo victorioso y resucitado enarbolando esa misma bandera.

La iconografía asumiría a San Jorge con una bandera muy concreta, la que vinculaba su victoria frente al dragón con la de Cristo en la cruz. Ello era el mensaje que se quería hacer entender a la gente: esa lucha contra el dragón había ganado el cielo a los hijos de Dios. ¿Y por qué? Pues porque la muerte de Cristo en la cruz no era una cosa lejana, sino que nos recordaba el sufrimiento, nuestra propia cruz, necesaria, según la enseñanza de la Iglesia, para conocer el amor de Dios y sentirte verdaderamente amado por Él.

Los carteles anunciando las festividades de Sant Jordi que hemos podido ver por la ciudad recientemente resultan de un intento de subvertir por completo tal leyenda milenaria. Sant Jordi es el santo más venerado de toda Europa y su leyenda late en lo más profundo del alma de Occidente. Podemos afirmar y argumentar que el intento, poco inocente y muy intencionado, de tergiversar por completo su significado responde a la voluntad de eliminación completa de su contenido pedagógico y espiritual.

Sin haber visto el cartel y atendiendo únicamente a mis palabras, cualquiera podría creer que se habría podido transformar al dragón en un ser bondadoso e infantil. Pero lo preocupante es que el dragón sigue presentándose como un dragón feroz, que sonríe y clava su mirada penetrante y amarilla a un San Jordi irreconocible. Lo que ha cambiado es la actitud del caballero.

Por primera vez en la historia se nos presenta un Sant Jordi vencido y emasculado. Pero no de forma literal, pues Sant Jordi no aparece muerto —sería quizás demasiado evidente y no funcionaría así el plan sibilino orquestado—. Lo que aparece es algo peor: un Sant Jordi completamente atontado, embaucado por un dragón que parece haberle convencido de que es bueno y que por ello, no hace falta ningún combate. Como no hay batalla, no aparece la cruz (ni la senyera, sorprendentemente).

En el medio del cartel hay un corazón, como mensaje de un falso amor. El amor que el cartel nos presenta es falso, pues carece de sacrificio. La leyenda de San Jorge representa el mayor acto de amor que la humanidad ha podido y podrá ver: el descenso de Dios a la tierra y la aceptación voluntaria de su muerte a manos de sus criaturas para redimir así la condena eterna del pecado. Como vemos, el mayor acto de amor se produce tras un sublime acto de sacrificio. Sin sacrificio el amor no existe. Allí entra en juego la rosa, que se asocia generalmente con la pasión de Cristo, pues la belleza de su flor coexiste con la crudeza de las espinas que trae su tallo.

La Iglesia, pacífica pero nunca pacifista, enseña que no cabe una actitud de pasividad ante el mal, cuanto menos de sometimiento. Dios es un Dios moral, es un Dios que se alza sobre lo bueno y lo malo, que señala lo que es el bien y qué es el mal (Gn 2, 16-17).

Estamos ante un movimiento estratégico y calculado. El Estado, acaparador e insaciable, quiere asumir cuotas de poder cada vez más sorprendentes. Asumiendo y reivindicando el derecho sobre la vida y la muerte en elementos como el aborto y la eutanasia, quiere alzarse, como ya veníamos viendo, como Dios mismo para poder decidir y adoctrinar sobre lo que es el bien y el mal.

Quizás las recientes noticias de la eutanasia a la que Noelia has ido sometida y los aplausos a esa acción denotan que poco a poco su mensaje va calando. ¿Cómo, si no, podría valorarse positivamente la aceptación de la muerte en una adolescente, sean cuales sean sus circunstancias?

Las acciones del dragón en la leyenda de Sant Jordi (la aniquilación del pueblo) jamás podrían asumirse como buenas, a menos que ello sirviera para alzarse como juez soberano en un mencionado intento subversivo de hacer pasar el mal por bien. Si vemos este tipo de imágenes es porque son realmente efectivas en este mencionado intento acaparador del Estado. A través del bombardeo subliminal de imágenes tales, uno podría llegar a creer que hasta el dragón merece compasión, que el mal no es realmente el mal o que San Jordi ya ha sido durante mucho tiempo demasiado duro con él. Ahora se habrían invertido los roles y San Jorge le acaricia la cabeza y le dedica una sonrisa bonachona. El dragón, por su parte, explota de alegría en su fuero interno, sabiendo que podrá seguir devorando así a todo aquel a quien desee.

Si esto no fuera una acción con clara voluntad subversiva y sibilina… ¿Cómo podría entenderse que quisieran presentar un dragón victorioso y un Sant Jordi vencido?

Quieren eliminar las leyendas para así eliminar una pedagogía que escapa de su control, que no emana de ellos y que es profundamente cristiana. Cualquier historiador sería capaz de suscribir que todos los momentos de progreso de la historia de la humanidad se han basado en la innovación y la tradición. Por eso todos los procesos revolucionarios son incapaces de perdurar en el tiempo, porque quieren inaugurar una nueva realidad desde cero, obviando el proceso histórico de la nación sobre la cual quieren implementar dicha revolución. Para saltar alto hay que primero poner los pies en la tierra, pisar en tierra llana.

Conocer nuestras leyendas es, pues, introducirse en la naturaleza profunda de nuestra alma. El desconocimiento de ellas, así como el desconocimiento de la propia historia, genera una sociedad alienada, desenraizada y débil frente al enemigo; una sociedad dócil ante aquellos que realmente tienen interés en la desconexión de un pueblo con su pasado.

Quizá conviene recordar que no somos propietarios de nuestra historia, porque cuando nacimos el mundo ya existía. Somos herederos de nuestra historia, y lo que sí estamos es capacitados para transformarla y transmitir a nuestros hijos, en herencia, una sociedad más consciente de sí misma y, por ende, más fuerte y más libre.

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